De Mujeres y Otros Viajes

Cuando caes en cuenta de que la vida en sí misma es un viaje, entiendes que no disfrutar el trayecto es como ir en un crucero con los ojos vendados

Dicen que nunca se regresa siendo el mismo de un viaje… y es muy cierto. Mi interés por viajar nació cuando yo tenía 7 años, y durante una mudanza que hizo mi familia cayó en mis manos un álbum de viajes de mi mamá, de cuando era soltera. En ese momento, verla junto a su mejor amiga posando en lugares y con gente tan distinta hizo nacer en mis ojos y mi corazón de niña la ilusión por armar algún día mi propio álbum de viajes.


Pasó el tiempo y, años después, cuando caí en cuenta estaba aterrizando por primera vez en Madrid. Recuerdo como si fuera ayer la emoción que me invadió al iniciar mi colección de lugares y experiencias.

Claro que no todos los viajes son iguales. Me explico: antes de convertirme en mi propio jefe, trabajé para una de las mejores líneas aéreas de América Latina. Esos años como sobrecargo me dejaron grandes enseñanzas, desde el valor de una cena de Navidad (donde era siempre la gran ausente) hasta esos momentos (pocos) cuando, sin avisar, llegaba a las 11:46 el 24 de diciembre, y el mejor regalo que podía tener era el sonoro grito de la familia, por el gusto que les daba a todos verme llegar. Esos viajes eran por deber y, aunque muchos de ellos los disfruté, no puedo decir que fueran todo lo que yo quisiera.

Así transcurrieron trece años, hasta que descubrí que no pertenecía más al mundo de la aviación comercial… Un momento que, además, coincidió con una ruptura sentimental muy importante. De nueva cuenta me vi con una maleta, un pasaje aéreo y una historia detrás, con lágrimas en los ojos y una enorme sensación de soledad a pesar de la gente alrededor, y aunque al momento de subir al avión los tripulantes eran familia, estaba sola.



En esa ocasión volé hasta París, crucé el aeropuerto buscando mi siguiente conexión, hacia Roma, por Air France. Para entonces ya había llorado por más de doce horas, y estaba tan exhausta que no me quedaban fuerzas ni ganas de seguir pensando en el motivo de mi tristeza. Pero los lugares, el aroma del café, los sonidos del aeropuerto y quizá el poco tiempo de que disponía para conectar mi otro vuelo me hicieron olvidar. Sí, olvidar todo.


Al llegar al lago Como, en Italia, donde una amiga me esperaba, ya estaba sanada, aunque no lo sabía en ese momento. Bastó un día y medio de terapia viajera para darme cuenta de que cuando alguien no te quiere, debes quererte más tú, e irte lejos, como yo, a un lugar donde todo sea diferente, huela diferente, se vibre diferente. Así que también hay viajes terapéuticos.


Diez días después, a mi regreso y en el último tramo para llegar a México, decidí que nunca más lloraría por amor, y si eso llegara a pasar, sin pensarlo dos veces tomaría un avión y me iría lejos para sanar.

Ese viaje trajo cambios maravillosos a mi vida: cambié de casa, de trabajo, de hábitos… Volví a dormir en mi cama siempre, los fines de semana estaba en casa o salía a comer con amigos, algo que casi había olvidado. Y entonces decidí que mi tiempo y mi espacio solo yo los controlaría, y que todo lo que aprendiera en mi vida de viajera sería punta de lanza para mi futuro profesional. ¿Y saben qué? Es la mejor decisión que he tomado nunca.


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